Izquierda Unida, objeto de deseo

Jesús Rodríguez / Gregorio Verdugo. El cansancio, las ojeras y la resaca -en según qué caso- que siguen a las noches electorales, sobre todo si son de sorpresa, como la de anoche, tienen el lado bueno del sosiego informativo tras una tarde-noche de sondeos con la misma puntería que una escopetilla de caña, como dejó en evidencia el resultado. La mayor parte pronosticaban lo mismo que habían venido haciendo las encuestas desde hacía ya tiempo: una holgada mayoría absoluta para el Partido Popular.

Sin embargo, al filo de la una de la tarde, una fuente nos envió un mensaje con el resultado de una israelita (encuesta a pie de urna) realizada a las doce, y que contradecía a todos los sondeos, ya que vaticinaba un vuelco respecto de los pronósticos previos. Así lo publicamos en twitter a las 13.27, con el consiguiente revuelo.

Tras la resaca de la intensa jornada electoral, Andalucía se ha despertado hoy con más cara de lunes de lo habitual, ojerosa y triste. Algo parecido a como lo habrá hecho Javier Arenas -y muchos de los que tenían esperanza puesta en su victoria- en esta mañana de entender que el mundo y la vida siguen ese curso que nos fuerza a aceptar las cosas tal y como vienen.

La jugada de Arenas, una vez más, ha sido torpe. Ha cometido el error de bulto que ni el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ni el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cometieron: creerse que esto estaba hecho. Estos dos arrasaron. Arenas se ha quedado a las puertas. A la mala imagen que dio al negarse a dar la cara ante los andaluces -y despreciar la oportunidad para dar el golpe de gracia a un moribundo Griñán- en el debate en Canal Sur, hay que sumar el flaco favor que Rajoy le ha hecho con su agresiva política de recortes.

Si en las elecciones municipales y generales de 2011 el electorado castigó con el voto a Zapatero, en estos comicios andaluces se repite la jugada con otro presidente de Gobierno, Mariano Rajoy. En ambos casos, existe un denominador común: cuando alcanzaron el poder, decidieron hacer justo lo contrario que habían prometido durante la campaña electoral. Quizá los españoles estén despertando de su letargo y aún no nos hemos dado cuenta.

La torpeza de Arenas como estratega lo demuestra el hecho de haber caído derrotado en tres elecciones (1994, 1996 y 2008), y que a la cuarta, cuando por fin venció en número de votos, haya dejado escapar la oportunidad de gobernar con mayoría absoluta, con el mejor panorama que para ello ha tenido el PP, y seguro que el mejor que tendrá en mucho tiempo.

A Griñán este repentino cambio en la coyuntura, cuando ya se veía defenestrado, casi le quebró la cintura de la sorpresa. El recuento final ha demostrado que la creencia casi ancestral de que la abstención perjudica al PSOE pasa a ser un mito con estas elecciones, en las que, cuanta menos gente acudieran a votar, peor para Arenas, que necesitaba imperiosamente cada uno de los votos, ya que no contaba con ese margen de maniobra que a Griñán le concedía un presumible pacto con Izquierda Unida.

Al final, igual que sucedió en Valencia el 22 de mayo de 2011, los gravísimos casos de corrupción no han pasado al partido del Gobierno la factura que se esperaba. No obstante, la derrota (no hay que dar por victoria lo que no lo es, aunque se gobierne) del PSOE denota que los ciudadanos reprueban a los socialistas por su gestión y por los vicios adquiridos durante estos 30 años de poder.

Por esta pérdida, por el hartazgo de PSOE que deja entrever Andalucía y, en pocas palabras, por la derrota misma que, por mucho que sepa a victoria, sigue siendo una derrota, la celebración de los socialistas en el Hotel Renacimiento, desde antes de llegar al final el recuento de los votos, no era demasiado pertinente. En lugar del júbilo y la risa, hubiera sido más aconsejable la reflexión y, sobre todo, la prudencia, más que nada porque se pueda confundir el mensaje que han mandado los ciudadanos en las urnas.

Esto es algo extensible a Izquierda Unida. La coalición liderada por Diego Valderas ha sido la gran (y podría decirse que única) ganadora, al duplicar su representación (de 6 a 12 escaños) tras seguir beneficiándose, como en los comicios generales del 20 de noviembre, de la crisis, los recortes y, sobre todo, los casos de corrupción y el descontento de un importante sector de la izquierda con el PSOE.

A Valderas se le presenta la terrible tesitura de elegir entre dejar gobernar al PP o apoyar al PSOE en una nueva legislatura, dentro o fuera del Gobierno. Aunque  ha manifestado que  “Andalucía ha dejado claro que el cambio lo quiere por la izquierda”, las bases de la coalición tendrán la última palabra. Ellas, mejor que nadie, saben qué se gana y qué se pierde con cada una de las opciones que tienen ante sí.

Sin duda, éste es el aspecto que debe tener más en cuenta IU para gestionar bien sus buenos resultados ante el tremendo descontento de los andaluces -como refleja el 38% de abstención-, con un escenario político que vende cambio, seguridad y rebelión, pero que cuenta con casi los mismos partidos y protagonistas de los últimos 30 años, en parte debido al perjuicio que provoca a los partidos nuevos la denostada ley electoral por circunscripciones provinciales.

A pesar de este papel de llave, Izquierda Unida está lejos de poder parar el bipartidismo, como asegura Valderas, sino más bien de contribuir a perpetuarlo durante cuatro años más. Los andaluces no han dado carta blanca a ninguno de los partidos a través de una mayoría suficientemente amplia como para hacer y deshacer a su antojo.

El juego de pactos y minorías que se prevé en el Hospital de las Cinco Llagas deja entrever una legislatura con mucha miga y que exige, a la vez que permite, mucha participación de la ciudadanía para condicionar a sus gobernantes. Así como divertido será ver el desfile de agasajos que el PP y el PSOE dedicarán a Izquierda Unida para que ella elija al inquilino del trono de San Telmo hasta 2016.

Desde ahora, y hasta el 19 de abril, bien harán Valderas y los otros once parlamentarios de IU en escuchar lo que tienen que decir sus bases y, ya de paso, el resto de los andaluces, para que sea verdad eso que aseguran: que no van a defraudarnos.

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