Tras las huellas de una mina para desenterrar voces

Gregorio Verdugo / Jesús Rodríguez | Es mañana de domingo en la Ruta de la Plata, la autovía que parte desde Andalucía hacia Extremadura. El campo está pletórico en un mes de mayo que ya atisba el disparo de las temperaturas que sobrevienen con el verano. Corre una ligera y fresca brisa procedente del norte que alivia la insistencia de los rigores del sol sobre los cuerpos. Nos dirigimos a Las Minas del Castillo, una pequeña aldea próxima a El Castillo de las Guardas, al noroeste de Sevilla, donde hemos quedado con algunos integrantes de una asociación local de defensa de los caminos y senderos de titularidad pública que nos van a guiar hasta la mina de Peñas Altas, el lugar mítico donde se refugiaron 23 mineros tras el estallido de la Guerra Civil y permanecieron más de un año parapetados en sus oscuras concavidades.

A las nueve de la mañana pasadas, el sol pega de costado en el vehículo que conduce uno de los miembros del equipo. No hemos desayunado todavía y, tal y como llevamos el cumplimiento de la agenda prevista, es más que probable que no podamos hacerlo en toda la mañana. La carretera se sucede a sí misma delante del parabrisas delantero del coche, como un compás de espera que se eterniza, mientras una música suave y sexy invade el habitáculo impelida por el silencio reinante entre sus moradores. Estamos cansados, muy cansados, pero con unas ganas enormes de llegar y meternos en faena. Este trabajo, sobre todo este de salir a encontrarte con gente que no conoces, que nunca has visto, y que te lleven a lugares escondidos, casi inaccesibles, y que te cuenten historias tras cuyo rastro llevas semanas y semanas es fascinante. A ello se debe probablemente el silencio, a que cada uno elucubra mejor dentro de sí mismo lo que le espera en una jornada como ésta, las experiencias, las emociones que le gustaría vivir en lo que viene a partir de ahora. Como si pensándolo antes uno pudiera modelar a su gusto el futuro venidero.

En el bar Elías, el único existente en la pedanía de Las Minas del Castillo, nos esperan Antonio, Manolo y Pedro con sus mochilas, sus botas de montaña y sus cayados, dispuestos para empezar la expedición en cuanto nosotros digamos. Tomamos unos cuantos planos de la aldea desde una zona elevada, junto a una ermita a punto de derrumbarse, que había sido expoliada por los moradores de la aldea allá en los tiempos en que la compañía minera, propietaria de aquellas tierras, de las casas que habitaban los mineros, de la propia ermita y probablemente hasta de los hombres, puso las casas en venta por cantidades irrisorias con tal de deshacerse de ellas. Las viviendas en cuestión estaban para poco más que derribarlas y volverlas a levantar nuevas. Los vecinos pusieron sus ojos en la ermita y fueron llevándose cualquier material susceptible de ser reutilizado en la rehabilitación de sus recién adquiridos hogares. Ahora la vieja iglesia sólo sirve de morada para varias higueras que crecen al amparo de sus sombras frescas y una variopinta pléyade de alimañas que habita plácida entre sus detritus.

Tras aprovisionarnos de agua emprendemos el camino en coche hasta las cercanías de la mina. El paisaje se muestra ante nosotros en su más sincera desnudez; la vegetación nativa, centenaria y espontánea, se mezcla con las repoblaciones de eucaliptos, alineados en las faldas de las montañas como escuadrones de infantería, mientras los amplios cortafuegos, polvorientas autopistas ocres que serpentean las laderas y los campos, dibujan en el horizonte un extraño laberinto de caminos sin destino. El sonido y los ecos de la naturaleza ponen la banda sonora a lo que va a ser una mañana de largas caminatas, de subir y bajar cuestas, ascender elevados picos de roca apelmazada que después habremos de volver a descender, en busca de una vieja mina perdida más de 70 años atrás en los cenagales de la historia negra de este país.

Nuestros anfitriones, Antonio, Manolo y Pedro, caminan delante de nosotros, narrando, con ese paso sabio de quien nació pateando el campo, las historias sobre los lugares por los que vamos pasando que se cuentan desde que el hombre tiene memoria. “Por aquí pasaba una vía romana”, dice Manolo, “mi padre me trajo aquí de pequeño y me lo contó”. O cuando Pedro nos señala la zona más elevada que se pierde en el horizonte y nos desvela que es por allí por donde los huidos durante la Guerra Civil entraban en contacto con los republicanos que luchaban en el frente de Extremadura.

Cuesta arriba cuesta abajo llegamos al lugar donde se encuentra una de las bocanas de la mina. Está todo cubierto de zarzas y maleza, parece imposible poder acceder allí para tomar unos planos con la cámara. La entrada está en un socavón de algo más de metro y medio de profundidad, con un poco de agua al fondo, y cubierta con todo tipo de vegetación por arriba, de manera que ha sido imposible localizarla de otra forma más que siguiendo el curso del riachuelo que la atraviesa, el mismo que los falangistas y guardia civiles desviaron durante la guerra civil para intentar ahogar a los huidos, que se refugiaban en el interior de la mina para librarse de las represalias de los sublevados.

Pedro tira de cayado para habilitar a base de porrazos un lugar por el que acceder desde lo alto. Tras un buen rato de golpear y pisar la maleza para troncharla, podemos abrir un pequeño hueco por el que pueden descender dos personas. Lo hacemos no sin enredarnos en las zarzas una y otra vez. Ya allí, y tirando de nuevo del cayado de Pedro, arrancamos a la enmarañada maleza una pequeña galería a cielo abierto de algo más de cinco metros. Dos palmos de agua inundan la mina que nos muestra sus concavidades y su horizonte cerrado de piedra y fango. Ahí no se puede entrar, es demasiado peligroso.

Tomamos varios planos y algunas fotografías y decidimos ir a grabar la caseta del peón caminero, junto a la antigua vía del ferrocarril. Hay que ascender una cuesta empinada entre eucaliptos y bordear la vía, ya inexistente, hasta alcanzarla. Antonio, Manolo y Pedro deciden que nos veremos en el lugar donde hemos dejado los coches, porque quieren localizar sobre el terreno una antigua vía pecuaria que no figura en el inventario del Ayuntamiento. Tenemos que subir los tres solos y sin conocimiento del terreno que pisamos.

Tras una ardua pelea con los terraplenes y el forraje que sueltan los eucaliptos logramos alcanzarla y hacer las correspondientes tomas. Está completamente derruida, en ese estado de descomposición típico de cuando la naturaleza vuelve a recuperar un espacio que antes le arrancó la mano del hombre. Las ramas de higueras jóvenes salen por ventanas y portones, el musgo anida en la hendidura entre los ladrillos y las piedras de su estructura, y toda ella se muestra a cielo abierto, sin rastro de la techumbre que la protegía del cielo. En uno de los lados están los restos de lo que fue un pozo, cerrado, secado intencionadamente cuando ya resultó inútil para el hombre. Es esa caseta, que ya casi forma parte del paisaje de lo irreconocible que está, la que usaban los mineros como punto de intercambio para recoger la comida y los enseres que les enviaban sus familiares desde los pueblos de la zona.

Un poco más arriba, el antiguo trazado del ferrocarril minero nos hace cruzar un pequeño desfiladero de rocas picudas y afiladas a cuyo término podemos contemplar ante nosotros toda la hermosura de la cuenca minera con Río Tinto al fondo, asomando entre los lomos de dos montañas recientemente reforestadas. A nuestros pies, en una suave y verde rampa que se extiende hasta lo más profundo del valle, las escombreras donde depositaban el material extraído, los pozos y sus chimeneas petrificadas y los salientes de roca, esa roca entre roja y morada tan característica de la zona, emergiendo como animales prehistóricos entre los macizos de vegetación.

Durante el camino de regreso a los coches, con los deberes ya hechos, cansados y deseosos de tomar algo que nos reanimara, nos recreamos en la música que nos ha acompañado durante todo el trayecto; la melodía tierna de los parajes solitarios, los silencios, las voces de los disparos ya lejanos y los lamentos de los muertos allí sepultados, el tirón de hombros de una Historia que no quiere que pases de largo, que te suplica que te detengas, la mires a los ojos y te pares a contemplar sus entresijos sepultados a conciencia por la mala memoria de los hombres. El Curita, el Tripa, Marcelo el Chivato, el mariscal Tito, Miguel Hernández, todas y cada una de las voces de los fantasmas que alguna vez habitaron aquellos parajes llamándote al unísono, esperando como el arpa la mano que los rescate del ángulo oscuro de la Historia que siempre escriben los vencedores.

P.D. A nuestro compañero Juanjo Cerero, por si se le abren las ganas de escribir.

Anuncios