El debate sobre el estado de la Ciudad: entre el ruido y la furia

Jesús Rodríguez | En esta urbe anclada en el estereotipo impuesto desde fuera y alimentado desde dentro, recurrente como pocos es el tópico del ser barroco de Sevilla, ese permanente claroscuro y contraste que es capaz de enfrentar, como dos conceptos antagónicos, los bloques del barrio más pudiente con las paredes ocres de uno de los más humildes en la misma calle. Pero es que la ciudad se empeña en dejar constancia de ese alma contradictoria con mañanas como ésta, fresca a la sombra del Ayuntamiento, precisamente el día en el que más caldeada estaba, como se suele decir, la cosa.

Como con resaca de la noche en la que se celebró el Día de la Música y decenas de conciertos pusieron banda sonora a la ciudad, Sevilla se despertó con una sinfonía propia de este verano recién estrenado, ese murmullo de paseantes bajo un ejército de golondrinas que rasgaban el aire con sus graznidos. Apenas quince minutos antes del comienzo del primer debate sobre el estado de la ciudad, la pereza se adivinaba en la casi solitaria puerta del Ayuntamiento, al igual que en el rellano de la escalinata del interior de la Casa Consistorial, donde los periodistas se reúnen antes de poder entrar en el salón de plenos. Allí, este cronista que les escribe aguardó solo mientras los concejales y otros miembros de los grupos fueron llegando con cuentagotas, con el temor de haberse quedado rezagado y de estar perdiéndose un acontecimiento al que, por novedoso, nadie había querido llegar tarde.

Resultó, más bien, ser todo lo contrario. Los informadores fueron copando el rellano con sus cámaras poco a poco, entre una expectación disimulada y la perplejidad de, precisamente, no encontrar más acogida entre los asistentes a este debate que, se presume, supondría la oportunidad de poner sobre el tapiz los asuntos que más preocupan a los sevillanos. En esos momentos, en Twitter algunos dudaban de que ni siquiera el mismo alcalde tuviera interés en asistir, por no haberlo confirmado previamente.

Por fin en el salón de plenos, lo que al principio era perplejidad se transformó, por momentos, en desconcierto. Quien inauguró el primer debate sobre el estado de la ciudad no fue al que todos esperaban, el alcalde Juan Ignacio Zoido, sino el hombre que se encontraba sentado a su izquierda: el portavoz del Grupo Popular en el Ayuntamiento, Juan Bueno. En esa contraposición tan hispalense como el Giraldillo o el mismo Hércules, el portavoz del PP -que no del Gobierno municipal- ofreció una extensa loa a la actuación del alcalde y su equipo durante este primer año. Quién diría que la Sevilla que en la puerta comenzaba a manifestarse en un fragor de bocinas, cacerolas, silbatos, petardos, megáfonos y gritos de viva voz -un concierto de viento y percusión que es el pan de cada pleno desde hace más de dos años- era la misma que tan bien iba pintando Bueno.

Juan Ignacio Zoido (PP) conversa con Juan Bueno y Maximiliano Vílchez.

Y quién diría que el hombre que, en un primer momento, estaba presentando la labor del Gobierno en estos doce meses, a través de una casi interminable retahíla de intervenciones y obras llevadas a cabo en la ciudad, contaba a su diestra con el alcalde Zoido cuando se colocó el traje de portavoz de la oposición y comenzó a hablar, una vez más, de la herencia recibida tras el traspaso de poderes de la anterior corporación a la actual el mes de junio del pasado 2011. Una referencia que provocó risas sardónicas en la bancada de la oposición, a lo que el portavoz Bueno contestó que “entiendo que les haga gracia, pero a los vecinos y a nosotros no nos hace ninguna”.

Sin reírse, pero con su acostumbrada prosa de enredadera, habló el portavoz de Izquierda Unida, Antonio Rodrigo Torrijos, acerca de estos vecinos que “cada vez sufren más, a pesar de que los reyes magos del spot estén a gustísimo en esta ciudad”. Para el líder de la coalición de izquierdas, “si algo ha demostrado el PP es que no tienen un modelo de ciudad”, lo que, a su entender, queda reflejado en cuestiones como “la apuesta desaforada y anacrónica por el vehículo privado” con la derogación del Plan Centro, en “un urbanismo desordenado y trasnochado” y en que “no hay nada destacable de este Gobierno en estos doce meses”. Para Torrijos, que fue ácido y contundente en su réplica, la corporación “sí que está viviendo de las rentas o de la herencia que tanto destacan, con proyectos que ya estaban aprobados”, si bien el aumento de los parados es una lacra que muestra la “impotencia e incapacidad de Zoido para acabar con el paro”.

Juan Espadas (PSOE), minutos antes de su intervención.

De seguido, el portavoz del grupo socialista, Juan Espadas, desde su tono mesurado, se refirió a esa “herencia del anterior Gobierno anterior” a la que el nuevo “ha dedicado más tiempo a evaluar que a presentar resultados”, dentro de un debate que destacó como “algo positivo pero que podría serlo mucho más” de haber sido Zoido quien lo hubiera abierto, ya que, sostuvo, “ha hablado el portavoz del Grupo Popular, pero no el Gobierno”. Con el último Barómetro Socioeconómico de Antares como pulso de la opinión y el estado de ánimo de los sevillanos, Espadas centró su crítica en la inacción del Gobierno local en “un año perdido” en el cual, a su juicio, no se han abordado los grandes problemas, desde el desempleo a la seguridad, pasando por la Ley de Capitalidad o “proyectos que podrían reactivar la economía”, como Ikea o la recuperación de la fábrica de Altadis.

En más de una ocasión, el portavoz del PSOE hizo alusión a la postura de los sevillanos acerca del gobierno local. “Si se le pregunta a la gente qué es lo mejor que ha hecho el gobierno nuevo, el 52% no sabe o no contesta; usted ha generado silencio”, dijo al alcalde mientras lo instaba a “bajar a la calle y preguntar a los sevillanos en qué ha cambiado su barrio”, en referencia a la apuesta del alcalde por recorrer los barrios en busca de los problemas localizados con el fin de solventarlos desde dentro. Esto se tradujo, tras el 22 de mayo, en la intención de descentralizar la acción de las delegaciones en los mismos distritos, algo que ha sido duramente criticado por la oposición en este debate.

Una de las vecinas de La Corrala se dirige a Zoido mientras los policías intentan desalojarla de otro sitio más.

Ya lo había dicho en su intervención Antonio Rodrigo Torrijos: la realidad es tozuda y persiste en mostrarse en todas sus formas. Y allí estaba la verdad de Sevilla, encarnada en las vecinas de la Corrala La Utopía, de pie en un abrir y cerrar de ojos entre el público asistente, sosteniendo una pancarta y clamando ante el alcalde su situación: “¡Zoido, queremos luz y agua, da la cara!”. La voz de Juan Bueno se trocó en un silencio repentino cuando ya se encontraba replicando a la oposición que “el alcalde está constantemente en la calle y su prioridad son los sevillanos y Sevilla”. Pero esto, a causa de los cargos que, poco a poco, va acumulando Zoido dentro y fuera de su partido, fue discutido por los portavoces de la oposición, y no sin razón, pues el concejal popular pronunció toda su segunda intervención con el asiento de su derecha, el del regidor, vacío.

“Mira que el alcalde se prodiga en sitios: en la FEMP, en su partido, pero no habla en el pleno del Ayuntamiento, y le deja sus intervenciones a su portavoz”, asestó como una puñalada verbal Antonio Torrijos, antes de “darle la razón” a Bueno en que “el alcalde está en la calle, desde el Ayuntamiento a la calle San Fernando, desde aquí al Parlamento y desde aquí a Madrid”, por lo que aseveró que “es un hecho objetivo que el alcalde, varios días a la semana, está en otras cosas”.

Antonio Rodrigo Torrijos (IU) intercambia palabras con su compañera de grupo, Josefa Medrano.

Mientras en la calle atronaban los petardos de los trabajadores de Mercasevilla, en el salón de plenos no sólo se oyó este estruendo sino también los murmullos crecientes de que los concejales del PP cuando Torrijos afirmó que “gobiernan con siete, porque los delegados de distrito están en el pleno y votan pero son un decorado, no hablan, son muditos”, si bien admitió que “voy a tener que retirar mis palabras, porque sí que hablan para increpar durante mi intervención”. El portavoz de IU, en evidente estado de sorpresa, -“¡Es increíble, de verdad saben hablar!”-, preguntó al presidente del pleno si “está usted bien” cuando por enésima vez en la mañana llamó la atención a los concejales, pues aseguró que “echo de menos un poco más de energía”. “Sí, perfectamente”, respondió el presidente, que se volvió hacia los miembros del Grupo Popular para increparles que “están ustedes representando a Sevilla, pórtense”.

La lamentable refriega partidista y la consiguiente y acertada recomendación se sucedieron mientras en la puerta arreciaba el tumulto de la orquesta de sevillanos descontentos con este panorama político, con el espectáculo bochornoso que los representantes dan a los ciudadanos como única solución a los problemas. Ya lo dijo hace poco el Defensor del Pueblo Andaluz, pero los políticos parecen no enterarse de que los españoles estamos hasta el gorro de ellos. De que por mucho que dediquen una oportunidad al debate y análisis de los problemas, de poco sirve si las propuestas que, de relieve sea puesto, formularon tanto la oposición -especialmente Juan Espadas- como el mismo Zoido en su intervención final -con las “cinco oportunidades” basadas en el empleo, el funcionamiento de servicios básicos, la limpieza, el transporte, y el ocio y el turismo- no vienen unidas a una sincera intención de colaboración y unidad que reclama la sociedad pero que no se vio lo suficiente en este pleno, sobre todo porque los portavoces se echaron en cara una vez tras otra esa ausencia de ofrecimiento.

Cuando, por segunda vez en el mismo debate, un hombre se levantó y llamó “sinvergüenzas” a “los tres partidos” entre una lluvia de octavillas con dinero impreso, el reproche de Zoido a la oposición pidiendo que “no banalicen los problemas sociales” fue totalmente frívolo. Poco después, el presidente levantó la sesión y todos, concejales, público y periodistas, en tropel o más rezagados, fueron abandonando el salón de plenos. Ya no sonaba el aplauso, también fuera de lugar, de la bancada popular al concluir la intervención del alcalde, y se habían acallado los ecos de la pelea de gallos en que se había convertido este primer debate sobre el estado de la ciudad. Así Sevilla mostró de nuevo su contraste barroco: para muchos el Ayuntamiento volvió al silencio primigenio de la mañana, mientras en ese casi otro mundo de afuera, como en un eco espectral de los conciertos de la noche anterior, atronaba aún el estruendo de la protesta, el grito desesperado de una ciudad que se hunde cada día más en el barro de la crisis y la desidia.

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