Miradas argentinas sobre la crisis española

J. Cerero / J. Rodríguez / G. Verdugo / Zico | Cinco años han transcurrido ya desde que, por estas mismas fechas, el hasta entonces desconocido nombre de Lehman Brothers empezó a estar en boca de todo el mundo. La razón fue haber desatado una de las peores -si no la peor- crisis económicas y sociales de la historia, que provocó que el sistema se colapsara y tambaleara desde los cimientos. Un lustro plagado de incertidumbre, de estafas que ahora salen a la luz, como si se hubiera vivido en un engaño todo este tiempo, de errores que pasan factura, de culpables y también de víctimas y, sobre todo, de sueños rotos.

Uno de ellos ha sido el de los españoles, empeñados en no despertar de la quimera de los años de bonanza y de pronto enfrentados con la pesadilla de la tantas veces maldecida crisis que cubre el país con una nube del polvo de la miseria. Tres, cuatro, cinco -ya nadie sabe cuántos- años después de aquello, un sinfín de “ajustes” y “esfuerzos” mediante, España empieza a entender que lo que parecía un pequeño resfriado pasajero en nuestra economía ha devenido en una gangrena difícil de curar.

Hoy España está quemada y no sólo por los graves incendios de este estío. También por el hartazgo de ver cómo los gobernantes han sido incapaces, por una razón u otra, de sacar al país de este embrollo, por contemplar cómo el clamor de la calle ha sido, una vez tras otra, desoído, por la impunidad con la que se saldan los sucesivos casos de corrupción.

El otrora férreo -o eso decían- sistema bancario español acaba de recibir un rescate de 100.000 millones de euros. En lo que parece el borde del abismo, si no la misma caída libre, el miedo se extiende por la población y la petrifica en ese lapso previo al grito y la carrera despavorida. Esta reacción se antoja ahora no tan remota, sobre todo cuando algunos economistas, como el premio Nobel de Economía en 2008, Paul Krugman, han afirmado ya que España podría hallarse en la antesala de un corralito bancario.

La fatídica palabra, “corralito”, se oye con frecuencia por la calle, por los bares y las casas a medida que transcurren los días. Es el recuerdo del caso más cercano e importante, el que vivió Argentina en diciembre de 2001. Seis argentinos residentes en España cuentan a sevilla report su visión de lo que está ocurriendo en el país, tomando como base su experiencia durante aquel corralito. Dicha perspectiva diferente puede ser de utilidad a la hora de comprender y valorar en su justa medida qué está sucediendo aquí.

Foto: Jonathan Hamner (CC At-NC-SA)

La sombra alargada del espectro de Argentina

En 2001 Argentina sufrió la más grave crisis de su historia, cuyo punto culminante fue el corralito, que supuso la retención de los depósitos bancarios de la población. A partir de ese momento, las deudas sirvieron como excusa para la sangría de los recursos naturales y económicos del país.

El caso del endeudamiento argentino es especialmente paradigmático. En 1824, el país contrató el primer crédito de su historia, del cual casi la mitad del dinero se perdió por el camino a causa de la corrupción política, abriendo un sendero que condicionaría el futuro de la población para el resto de sus días. Este caso sirve para ejemplificar la dramática relación de Argentina con las deudas. El pago de los capitales prestados y los abusivos intereses ha justificado durante décadas el drenaje al exterior de gran parte de la riqueza del país, forzando a sus gobernantes a endeudarse nuevamente para pagar préstamos atrasados, en un círculo vicioso que se alimenta día tras día.

Ante las dificultades para pagar, las potencias occidentales llegaron a plantearse la posibilidad de “cobrarse por la fuerza” las deudas que el país tenía con la banca occidental, según destaca el historiador Norberto Galasso. Argentina también se vio afectada por la labor de diversos mandatarios que actuaban “a ambos lados del mostrador”, es decir, que trabajaban para el Estado pero defendían los intereses de los bancos acreedores de los créditos. Los crecientes problemas para financiar el déficit fiscal llevaron al país al borde de la cesación de pagos en numerosas ocasiones y obligaron a la puesta en marcha de duros ajustes económicos.

A partir de 1976, la dictadura de Videla aplicó en el país un modelo económico ultraliberal que encontró continuidad en los posteriores gobiernos constitucionales. Este sistema fomentó la especulación financiera y la importación de todo tipo de productos, lo que provocó la desindustrialización del país y el aumento del desempleo y la pobreza. El régimen militar aumentó enormemente las deudas del Estado con la ayuda y connivencia de las grandes potencias y los organismos internacionales.

A través de las empresas públicas, el Estado solicitó préstamos de los que nunca se benefició la población, pues los miembros de la dictadura revendían las divisas y propiciaban la fuga de ganancias al exterior, en un periodo de la historia nacional conocido como la plata dulce. El país también se hizo cargo de deudas ficticias creadas mediante autopréstamos que las grandes multinacionales concedían a sus filiales y cuyo pago aún siguen reclamando al Estado. También  se asumieron deudas privadas por valor de 23.000 millones de dólares mediante un seguro de cambio creado por el Banco Central.

En 1982, el periodista Alejandro Olmos inició una querella contra Jorge Videla y otros miembros de la dictadura por el manejo de la deuda externa. Veinte años después, el juez Jorge Ballestero determinó que el incremento de la deuda pública durante el régimen militar carecía de “justificación económica, administrativa y financiera”, y que el destino de los fondos contratados durante esa época era desconocido. A pesar de que una parte importante de los compromisos del país se han demostrado como fraudulentos, ningún gobernante se ha atrevido a negar el pago de los mismos.

A partir de la década de los noventa, los gobiernos de Menem y De la Rúa sometieron el país a los dictados del Consenso de Washington, un nuevo decálogo neoliberal cuyos principales mandatos eran la liberalización financiera, la reducción del gasto público social, la privatización de empresas públicas y el fomento de las inversiones externas. Todas las compañías nacionales fueron adquiridas por propietarios privados, en una venta masiva que estuvo ensombrecida por numerosos casos de corrupción y que hizo perder dinero al país. También se estableció un régimen de paridad entre el dólar y el peso que obligó al gobierno a endeudarse aún más, a la vez que fomentaba las importaciones y dificultaba las ventas al exterior debido a la supervaloración artificial de su moneda.

Las políticas aplicadas hicieron sucumbir a la industria nacional ante las importaciones extranjeras, triplicando el paro y la pobreza. Mientras, la deuda externa no dejaba de crecer. La delicada situación económica llevó a los gobiernos a implementar durísimos planes de ajuste sugeridos por las grandes potencias y el FMI a cambio de nuevos préstamos que permitían al país esquivar la cesación de pagos. Hasta que en diciembre de 2001 los prestamistas interrumpieron la ayuda económica y dejaron a Argentina al borde del abismo. Mientras se sucedían las manifestaciones contra las medidas adoptadas, el Gobierno puso en marcha el corralito, mediante el cual se retuvieron los depósitos bancarios para evitar la constante huida de capitales de la economía nacional.

Al grito de “que se vayan todos”, millones de argentinos tomaron las calles para protestar contra un modelo económico que no dejaba de empeorar su situación. El país llegó a tener cinco presidentes en una semana, y 39 personas perdieron la vida a causa de la represión policial. La tasa de pobreza alcanzó al 57% de la población, mientras que en algunas zonas del norte del país el porcentaje ascendió hasta el 70%. También fue decretada la suspensión de pagos de la deuda externa.

Aplicando en España la lección aprendida

Tras haber padecido en sus propias carnes todo lo anterior, cuando se les plantea cómo ven lo que está sucediendo en este país, ninguno de los entrevistados se sorprende de ver a España sumida en esta crisis. De hecho, coinciden en señalar que esta situación se veía venir. Como afirma Sandra Olivero, doctora en Historia de América de la Universidad Hispalense que lleva once años en Sevilla, “España me parecía un paraíso donde todo se podía alcanzar con muy poco esfuerzo”, y asegura que “me pareció irreal, sobre todo viniendo de un país como Argentina”, porque en su opinión, aquí “se ha vivido por encima de las posibilidades desde los años 80 a esta parte”.

Ana Seguí, empleada de telemarketing que llegó a España diez años y medio atrás y reside en Gelves, una localidad próxima a Sevilla, hace hincapié en esa apreciación, puesto que “como ya traemos una escuela, veíamos venir que la cosa por algún lado explotaba, y por eso íbamos tratando de vivir de acuerdo a nuestras posibilidades”. También lo ve así Juampi Arroyo, trabajador de la hostelería que hace ocho años y medio emigró de su país, quien afirma que “de aquí a fin de año tiene que explotar por algún lado”.

Juampi Arroyo durante una de las mateadas que el grupo de Facebook ‘Argentinos en Sevilla’ celebra cada jueves junto al Puente de Triana.

Es algo en lo que todos coinciden con matices: la cosa puede ir a peor. En boca de de Olivero, “aquí recién están empezando a escribir a la palabra crisis, vamos por la CR-”. Arroyo abunda en esa opinión, pues “la gente pensaba que la crisis iba a durar dos años, y realmente empieza ahora, cuando ya no tiene más paro o más ayudas y todavía tiene deudas”. Esto es lo que a Seguí le provoca miedo: pensar que las circunstancias “todavía tienen margen” para empeorar “si las cosas no se resuelven”.

Precisamente por ello, Guillermo Barbarov, licenciado en Comunicación Social y pluriempleado desde que hace siete años arribó a España, califica ésta como una situación lamentable y durísima “provocada por ineficiencia o tal vez voluntad”. En cambio, Olivero lo ve como algo “inevitable” porque aunque actualmente afecta sobre todo a la Eurozona, “es la crisis de todo un sistema”.

Barbarov ve este crack sistémico como resultado del “agotamiento de un modelo económico, un modelo de acumulación” que ha llegado a su culmen en ambos países y en los que “se aplicaron recetas similares con resultados similares”. Arroyo identifica a la banca como “el problema principal” en ambos casos, y coincide con él Ignacio Maciel, publicista que vive en España desde hace nueve años y medio, al afirmar que “los salvatajes (rescates) van todos en favor de los bancos, del capital, y no tanto en favor de la gente”.

Son algunos de los puntos comunes de las crisis de ambos países, “síntomas muy parecidos”, en boca de Juan Manuel Rube, informático en una empresa de reparación de ordenadores residente en Sevilla desde hace cuatro años, a quien le llamaba la atención ver “al principio mucho dinero y todo el mundo gastando sin darse cuenta de por qué ni cómo”.

Sin embargo, y a pesar de éstas y otras similitudes en las que coinciden, como el aumento del desempleo y el cierre generalizado de pequeñas y medianas empresas, todos inciden en resaltar que son mayores las diferencias. Son unánimes las posturas al señalar que España se encuentra mucho más protegida que Argentina ante la crisis, al contar con la solvencia del euro, mucho mayor que la del peso, y el respaldo de la Unión Europea, algo que Maciel califica como “salvavidas” y que provoca que, en palabras de Arroyo, “el enemigo también es compañero de ustedes”.

Un peso sustancial lo tiene la protección por desempleo, existente en Argentina desde hace 20 años pero de la que se beneficia una mínima parte de los trabajadores desocupados (102.943 personas en 2011, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos [tabla de Excel, 21 KB]). Precisamente, y aunque aseguran que el incremento desorbitado del paro es un aspecto común en ambos países, todos apuntan que incluso en ese punto hay desigualdades significativas. Como apunta Olivero, “el desempleo en Argentina es que la gente se queda verdaderamente en la calle, en la miseria, juntando cartones en la calle y vendiéndolos al peso”. Barbarov matiza que durante los años del corralito “era moneda corriente ver familias enteras recogiendo basura de las calles para poder comer”.

El modus operandi de los que mueven el cotarro

Si algo ha traído esta crisis ha sido el descrédito generalizado de las instituciones y los representantes públicos, a tal punto que la clase y los partidos políticos constituyen uno de los tres principales problemas o preocupaciones para el 25,4% de los españoles, según el barómetro del CIS de julio de 2012, mientras que el índice de confianza política se encuentra en el segundo punto más bajo de la serie histórica (32,9%), sólo superado por el de junio de 2010, con una décima menos.

Al establecer una comparación entre los políticos y gobernantes a los que les ha tocado dirigir ambos países en tan difíciles momentos, los seis tienen la sensación de que los comportamientos son parejos, que “se pasan la bola entre ellos”, en opinión de Juampi Arroyo, con la salvedad, según Ana Seguí, de que los de Argentina cuentan con “más profesionalidad a la hora de robar”. La causa la atribuye a que “es más fácil manejar un país con más ignorancia, con menos educación, con más pobreza”, un análisis en el que coincide Olivero, para quien “los políticos no surgen por generación espontánea, sino que son producto de una población que los vota”.

El punto de vista de Guillermo Barbarov es que “utilizan modelos ideológicos que no están pensados propiamente para el desarrollo del país”, ideales para “ciertos intereses pero no necesariamente para los de los que menos tienen”. Es una consecuencia de que “quien gobierna no es el gobierno”, como asegura Ignacio Maciel, sino que “hay un poder que no da la cara, capitalismo, bancos o empresas de poder, que son los que arman y desarman”.

De ello se deriva el incumplimiento de promesas electorales o de programas políticos completos una vez que los gobernantes acceden al poder. Lo que en Argentina se dio en la época de Carlos Saúl Menem o, justo antes del estallido del corralito, con Fernando De La Rúa, se vivió en España con los primeros recortes de Zapatero a partir de 2010, que llevaron al PSOE a un descalabro inédito en noviembre de 2011, mientras que Rajoy, en apenas medio año de gobierno, ha perdido una notable dosis de credibilidad incluso entre sus votantes por haber contradicho por completo el programa que presentó en los últimos comicios.

Al respecto, Barbarov entiende que es “previsible”, ya que “la política no está para servir al ciudadano, sino para servir al poder y el poder en estos momentos no lo detenta el ciudadano sino el gran capital”. Además, Sandra Olivero advierte que “aquí se tienen que ceñir a ciertas normas que la UE está marcando”, si bien pone de relieve que “incumplimiento hay como en todos lados, porque el político desarrolla ante todo el arte de saber mentir”.

Juan Manuel Rube

La proliferación de los escándalos de corrupción es otro aspecto que parece suscitar una cierta unanimidad, en el sentido de que hay una opinión generalizada entre los encuestados de que en Argentina este fenómeno es capaz de atacar a “todos los órdenes sociales”, como afirma Barbarov. Ignacio Maciel explica que “allá el nivel de corrupción era más alevoso, había más impunidad, se notaba demasiado”, lo que hace que, según Olivero, “llegue a niveles insospechados”.

La misma confluencia entre puntos de vista se da al hablar sobre el comportamiento de los sindicatos, otro de los agentes sociales criticados por los españoles por su connivencia con el poder. Respecto de esto, todos hacen hincapié en la inactividad de estas organizaciones ante la crisis y su complacencia con el poder, si bien resaltan el poco peso de los sindicatos españoles en comparación con los argentinos.

Ana Seguí pone de relieve que “allá los sindicatos mueven gobiernos, masas de gente, y la gran mayoría con unos recursos muy bajos”, pues “es fácil mover a alguien si le vas a dar de comer. Por un bocadillo y una coca cola, nos vamos hasta allá. Se mueve una masa gigante, pero la masa no sabe ni siquiera para lo que va”. Son, en palabras de Barbarov, “entes autárquicos y literalmente mafiosos que acumulan muchísimo poder”, de modo que “una huelga general en Argentina es una huelga general, no como aquí”, porque allí “el sindicalismo porta armas y las exhibe. Tal vez aquí las porte, pero yo no las veo”.

En opinión de Juampi Arroyo, los sindicatos aquí “todavía no mostraron la cara real que tienen”, ya que “cuando realmente les quiten su tajada es cuando la van a mostrar, cuando van a hacer una huelga, porque es en beneficio de ellos, no del pueblo”. Algo en lo que coincide Ignacio Maciel, que considera que “el movimiento más grande que yo he visto en los diez años que llevo aquí ha sido el 15M” y que “por mucho menos de lo que ha ocurrido aquí, en Argentina los sindicatos te paralizan el país”.

Una falta de compromiso que extraña

“Yo creo que aquí la gente va a ir más a saco”, responde Arroyo cuando se le cuestiona por cómo está viendo la reacción popular ante los recortes. En general, casi todas las respuestas giran sobre lo mismo, la incredulidad de que, con la que está cayendo, el personal todavía no haya decidido movilizarse. Rube, sin dejar de reconocer que aquí la reacción de la gente cada vez se parece más a la de los argentinos, lo justifica en el fenómeno de las nuevas tecnologías, porque “aquí se da mucho el poner en un Facebook o en un Twitter «eh, a ver cuándo nos vemos», pero el que pone eso jamás salió de detrás del ordenata”.

Maciel no se explica esa actitud “de decir bueno, ya está, una postura mucho más pacífica, más tranquila”, algo que para Barbarov es comprensible, porque “a medida que se sigan perdiendo derechos y uno despierte del sueño que tiene y gane las calles”, la resistencia social irá en aumento. A su entender, “cuando se establece cierto modelo social, uno sabe cuál es su función como ciudadano” y en un momento de crisis se deja de confiar en las instituciones, porque no hay ninguna “a la que uno sienta que pertenece, porque el país ha dado en quiebra, se terminó”.

Olivero también aprecia el parecido cada vez mayor con la reacción que tuvieron los argentinos en su día, a pesar de tratarse de “sociedades con distinta idiosincrasia”. Desde su punto de vista, en las manifestaciones políticas de su país “la ciudadanía está mucho más comprometida”, por eso ve con buenos ojos que aquí se produzcan marchas a partir del movimiento 15M, “porque la gente tiene que salir, tiene que comprometerse”. La diferencia radica, según Ana Seguí, en que “la reacción en Argentina es de muchos años” en contraposición a la de aquí, mucho más reciente.

Cuando se les recuerda los episodios de violencia que se vivieron en Argentina tras estallar el corralito, en los que incluso hubo muertos, y se les pregunta por una posible traslación a la sociedad española actual, hay disparidad de opiniones. Juampi Arroyo ve “ese ímpetu”. Lo único que tendría que ocurrir es que “mañana pase eso con los bancos, es que le pegan fuego a los bancos”. Sin embargo, para Juan Manuel Rube “quizás haya aquí un poco más de civilización, un poco más de contención en lo cultural”, algo que lo haría imposible.

Por su parte, Ignacio Maciel lo cree posible “donde haya un núcleo de población más grande y existan esas bolsas de exclusión”, sobre todo en grandes ciudades como Madrid y Barcelona. Por el contrario, Ana Seguí cree, aunque piensa que siempre es bueno que haya una reacción, que “en España la gente no es violenta”. Sin embargo, alerta de que lo malo es “el pasotismo, el dejar que te metan el dedo en el culo y seguir metiéndotelo”, puesto que “si perdura se llega a la violencia”, algo a lo que “se acostumbró mucho Argentina”.

Barbarov afirma que es razonable, “aunque no inevitable”. En su parecer, “los estallidos sociales son una reacción psicológica ante una agresión impuesta y se identifica el enemigo en los bancos”. Una “reacción natural de indignación” que consiste en “identificar el que uno considera causa del malestar y en base a eso actuar”. Sin embargo, Sandra Olivero no ve esa “realidad de violencia generalizada” en la sociedad española, porque “los índices de violencia se dan ya no cuando la clase media desciende de escalón o cuando hay desempleo, sino cuando se habla verdaderamente de miseria”, algo que en España no se está viviendo.

Ana Seguí e Ignacio Maciel

El tratamiento informativo de la crisis

En los tiempos en que vivimos es innegable la importancia de los medios de comunicación para formar la opinión pública respecto de la realidad del mundo. En el caso de unos hechos tan graves como los ocurridos en 2001 en Argentina, el relato de las empresas informativas cobra una especial relevancia, no sólo para los mismos argentinos, sino para el resto del mundo, por efecto de la mediación y de la distancia.

Lo mismo ocurre con el comportamiento de los medios españoles en la actualidad, que ya ha sido puesto en tela de juicio por estudiosos como la profesora Aurora Labio Bernal, quien en su artículo “Crisis y Medios de Comunicación” (PDF, 156 KB) pone de relieve las relaciones estructurales de los conglomerados mediáticos con el establishment político y económico. También Juan Varela, consultor de medios y autor del blog Periodistas 21, asegura que “muy pocos medios desarrollan una visión crítica” de la situación económica, de modo que “los medios no están ayudando a un debate público informado y ordenado sobre la forma de afrontar la crisis”.

Cuestionados sobre el papel de las empresas informativas a la hora de contar la crisis a los ciudadanos de este país y si es comparable con el comportamiento que tuvieron los medios en Argentina, los entrevistados aportan percepciones de una misma realidad en las que se aprecian semejanzas y también diferencias inverosímiles en algunos casos.

La impresión generalizada es la de que todos los conglomerados mediáticos manipulan, pues se dividen entre los que se posicionan a favor del gobierno de turno y los que se le oponen de manera sistemática, con lo cual la realidad adopta una tonalidad u otra en función del prisma a través del que la pintan. A pesar de ello, se advierten determinados matices que en ocasiones resultan difíciles de comprender.

Para Rube “acá incluso me parece más descarado”, porque “quizás allí no eran tan en blanco y negro, había más grises”. Ana Seguí, por su parte, lo atribuye a la educación del público, ya que “acá se consume lo que la gente quiere consumir”. “Si no te instruyes, no te educas, no miras al de al lado o al de delante, te van a manejar”, afirma.

Maciel encuentra otra diferencia importante, la de que “allá el telediario, en aquellos momentos, duraba todo el día, no emitían otra cosa”, a tal punto que “se suspendían los culebrones, las películas, todo”, cosa que aquí no ve. En su opinión, “la connivencia depende del periodista, pero se sabía cuáles eran los que estaban conchabados con el poder y cuáles no, igual que ocurre aquí”.

Guillermo Barbarov relata que “en la crisis de Argentina, los medios de comunicación, como hacen siempre, vendieron su opinión a quien pudiera pagarla”, y lo hicieron “para alentar el estallido social”. Desde su punto de vista, “mostraron, exhibieron la crisis, no ocultaron nada”, si bien considera que “fue alentado por intereses económicos, se pagó”, al tiempo que afirma que “aquí los medios de comunicación manejan a la serie de recortes que estamos sufriendo ahora como una cuestión necesaria, como la única alternativa y ya está, no hay nada que hacer”.

Esta postura choca de frente con la de Olivero, para quien la realidad mediática española “es muy imparcial”, porque “están contándote las noticias tal como suceden”. Por el contrario, la historiadora no ve “medios de comunicación demasiado decantados hacia un lado u otro de la balanza” en España, mientras que Argentina “el régimen populista tiene el manejo de ciertos medios de comunicación”.

El impacto de la sacudida económica en la sociedad

El origen económico de ambas crisis ha provocado un impacto directo notorio sobre las respectivas sociedades. El estudio ‘Exclusión y desarrollo social. Análisis y perspectivas 2012’ (PDF, 3,9 MB), elaborado por la Fundación FOESSA y Cáritas, sitúa la tasa de pobreza de España en el 21,8% de la población, si bien en Andalucía el porcentaje se eleva hasta el 30,1%. No obstante, al establecer una comparación entre los efectos de ambos procesos en las poblaciones de los dos países, es unánime la opinión de que la realidad argentina no es en absoluto asimilable a la española.

Son significativas las diferencias que todos señalan en relación a su repercusión sobre las clases medias. En primer lugar, porque consideran por completo diferente la concepción de clase media en sí, de modo que en España la clase media tendría un nivel económico medio-alto mientras que en Argentina sería medio-bajo. Además de que aquí constituye el grueso de la población mientras que en el país americano es reducida y muy heterogénea, de forma que “hay un límite muy finito donde se juntan las dos clases, que puedes estar un día en un sitio y otro día en otro”, como explica Ignacio Maciel.

Guillermo Barbarov

Según Olivero, “lo que en América Latina llamamos clase media acá sería una clase trabajadora”, sin dejar de resaltar lo que considera su característica principal, que es “muy indiferente” y “mientras no le afecte a su bolsillo es muy individualista”, algo que se pudo corroborar en Argentina durante el corralito, cuando “la clase media reaccionó, pero después todo volvió a ser como antes y cada uno se fue acomodando a una nueva situación”. Barbarov incide en este aspecto al poner de relieve que en su país “los pobres son vistos como los enemigos, los causantes de todo mal”. Por eso “la clase media no se identifica con el pobre”, y en cambio aquí ve “una cierta solidaridad” que “allí no existe”.

En opinión de Juampi Arroyo, “la clase media allá quedó devastada”, a la vez que considera que “aquí va por el mismo camino”, puesto que “los ricos son los que han ganado más dinero en este año, y el pobre es más pobre”. Rube, sin embargo, ve la española “un poco más acomodada”, y piensa que “el punto de inflexión es que acá todavía no le han tocado el dinero a la gente”.

Esta desigualdad social existente entre ambos lugares se pone de manifiesto al hablar de otro de los efectos de toda gran crisis: el aumento de la pobreza y la exclusión social. Es destacable la coincidencia en que los niveles de miseria en España nada tienen que ver con los argentinos, incluso a pesar de la situación económica. No existe ese “contraste total” entre las villas -poblados chabolistas- y los barrios ricos del que habla Arroyo.

Barbarov tampoco ve “familias enteras con carritos recogiendo la basura”, porque, en palabras de Ana Seguí, “en Argentina hay muchísima pobreza, pero a la vuelta de tu casa, y aquí no”. Para Maciel, la causa de esa diferencia es que aquí, a pesar de que está creciendo por mor de la crisis, “el Estado provee más recursos en sanidad, educación, etc.”, además de que, como asegura Olivero, la miseria argentina “no viene de ahora, no es producto de una crisis, es producto de un largo proceso”.

La vivencia de la crisis española

Ahora que la explosión del corralito en Argentina ha cumplido más de una década y los seis entrevistados llevan años viviendo en España, es un buen momento para evaluar su experiencia aquí. Dadas las circunstancia actuales, es interesante conocer de qué modo se ha degradado su vida, y si ello les ha hecho recordar lo aprendido en su país.

Algunos, como Barbarov, admiten que su capacidad de consumo “se ha retraído, aunque no a los niveles que me tocaron en Argentina”, algo en lo que incide Ana Seguí al afirmar que “como las he pasado tan putas, esto no me parece para tanto”. Recalcan “la escuela” traída de su país, que les ha permitido ver venir que “la cosa por algún lado explotaba”.

A pesar de ello, como explica Ignacio Maciel, “en general siempre nos hemos adaptado a las necesidades”, porque “yo siempre he dicho que cago a la altura que me da el culo”, por lo que “lo de aquí no me cogió de sorpresa”. Sandra Olivero, por el contrario, se considera afortunada y admite que la crisis “no me ha afectado demasiado, de momento”, aunque reconoce que “tengo miedo, hay mañanas que me levanto y pienso qué pasará, pero no tengo tanta inseguridad”.

Por otro lado, es un hecho constatado el aumento de la emigración de españoles como causa de esta crisis. El número de personas que ha dejado el país ha aumentado en 114.057 entre el 1 de enero de 2011 y el de 2012, lo que supone un incremento de 6,7 puntos porcentuales.

Cuando se le refiere, Juampi Arroyo reconoce que “hay muchísima gente con estudios que sí ha emigrado”, pero considera que otros muchos “ni siquiera piensan en eso porque se resisten a emigrar y pelean por lo suyo, y la mayoría son jóvenes”. Sandra Olivero también cree que “la emigración que se le plantea a los jóvenes españoles es diferente”, porque “no es en términos definitivos, sino más relativos, mientras pasa aquí la crisis o por un tiempo, para hacer experiencia”, en oposición a la de Argentina, donde “no te queda remedio si no te adaptas a una nueva situación” y donde si uno se va “es para no volver”.

Sandra Olivero

Olivero resume el sentimiento generalizado de la emigración en su país en un chiste que dice que, mientras en otros países los pasajeros de un avión aplauden al aterrizar, los argentinos lo hacen cuando el aparato despega. Además, cita “una encuesta que se hizo en diciembre de 2001 sobre la intención de emigrar de los jóvenes, y más del 50% se hubiera querido ir del país”, un dato que contrasta con el 17% de españoles que ha pensado en ello, según el barómetro del CIS de febrero de 2012.

En el caso de ellos, que ya han pasado por esa vivencia, la postura es unánime y rotunda. Ninguno se plantea regresar o moverse de aquí. Sólo algunos, y en determinadas y muy concretas circunstancias, lo harían. Es el caso de Juan Manuel Rube, quien supone que se iría “si en algún momento me encuentro con que acá no se pueda o no esté bien”, ya que considera “una situación frustrante encontrarte otra vez con tanta movida, como si la suerte no me estuviera acompañando”.

No obstante, todos comparten la afirmación de Barbarov sobre que “la emigración no es pura y exclusivamente una decisión que tiene que ver con lo económico”. La razón fundamental que aduce es la tranquilidad con la que vive en España, algo que “no hay precio que lo pague”. La representación gráfica más fiel es el motivo por el que Ana Seguí abandonó su país, “porque me entraron cinco tipos en el trabajo y me cargaron una 45 en la cabeza, y la gente lo ve normal, y para mí eso no era normal”.

La crisis como aprendizaje

“Siempre se aprende algo de una crisis, es como la adolescencia: duele, pero siempre se aprende algo”. Esta frase de Sandra Olivero condensa la experiencia común vivida y acumulada, de la que todos extraen enseñanzas positivas, y ello a pesar de que en lo referente a la mejora de la calidad democrática de su país no han apreciado cambios significativos.

En opinión de Maciel, “la clase política siempre ha sabido manejar a la gente y aquí está sucediendo prácticamente lo mismo”, mientras que Rube resalta que “se pueden cambiar las cosas, pero luego son las administraciones las que no cambian”. Sin embargo, Ana Seguí es de la creencia de que se ha mejorado “en el sentido de que se está peleando por lo propio”, cosa que en España no cree necesaria porque “la gente tiene más cultura de lo suyo”.

Singular es la postura de Olivero que cree que “no es una vuelta real a la democracia” lo que se produjo que en Argentina sino el retorno a “un régimen populista que va a hacer mucho daño a la sociedad”. Justo lo contrario que piensa que va a ocurrir aquí, que no es sino “una consolidación de los valores de la clase media y, sobre todo, de los derechos de los trabajadores, que es por lo que se está luchando con estas manifestaciones populares”.

Para Barbarov, uno de los aspectos más reseñables es que “hay una experiencia social compartida, porque en el estallido de la crisis el que le puso el cuerpo a la bala fue el pueblo, el ciudadano soberano”. A raíz de ello, “surgieron en Argentina una red de asambleas populares” que supusieron “la recuperación del espacio público y del rol de ciudadano”. Ese saber compartido y acumulado de que “se puede hacer caer un gobierno, aunque muera gente, es un miedo que siempre está latente en la clase política, porque sabe que cualquier día podía volver a pasar”.

A su entender, este tipo de procesos son necesarios y sanos “para en una democracia recuperar el poder que siempre tiene el ciudadano, que no sabemos el poder que tenemos” y, aunque ve muy verde la posibilidad del estallido social en España, estima que “la democracia siempre se fortalece ante una situación así”, porque donde no hay una experiencia social acumulada “estamos todos atomizados, cada uno en su mundo y uno no sabe realmente lo que es unirse y pelear por un objetivo común”.

Como explica Seguí, en su país “se tocó fondo y fue para mejor”, y cree que aquí va a ocurrir algo parecido, especialmente “en el sentido personal y de que la gente reaccione y se implique”, porque “si la solidaridad va creciendo sirve para que no se pueda llegar a un nivel más bajo”. Al fin y al cabo, como afirma Barbarov, “aprender es una actitud, ser indiferente o no”.

La invitación a mojarse con consejos que a los españoles les puedan servir para afrontar mejor estos momentos de dificultad no ha quedado sin respuesta. Junto a la necesidad de esforzarse por mantenerse informados, todos apuntan como imprescindible hacerse escuchar y no dejar de movilizarse de manera permanente y, en palabras de Ignacio Maciel, “a conciencia”, porque, como asegura Juan Manuel Rube, “si no protestas, por qué lo van a cambiar”.

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