#15S: hasta la próxima protesta

Gregorio Verdugo / Jesús Rodríguez | Ayer, cuando llegamos a Madrid tras una noche horrible de autobús, la expectación era grande. Casi todos a los que preguntamos nos manifestaron la seguridad de estar participando en algo histórico, que quedaría en los anales de la Historia de la piel de toro como el día que cambió este país. Y en parte tenían razón, a pesar de que el exceso de optimismo reflejaba más un deseo que una realidad.

La delegación de Andalucía fue una de las más numerosas, si no la más, de España. Tan sólo de la ciudad de Sevilla partieron más de 50 autobuses que trasladaron a más de 3.000 personas. A ellos había que sumarles los muchos que por diferentes razones decidieron viajar en vehículo particular o en tren. Todos deseaban estar allí e hicieron lo imposible por cumplir tal deseo.

La llegada de la delegación andaluza y el trayecto hacia la Plaza de Colón fue una sucesión interminable de encuentros, saludos, efusiones de cariño y de ánimo para lograr el objetivo propuesto. Todos hacían ostensible el deseo de aportar cuanto estuviera en su mano para conseguir el éxito de la protesta, aunque muy pocos estaban realmente convencidos de que fuese a servir para algo o que cambiase alguna cosa después de un esfuerzo tan mayúsculo por parte de tantos miles de ciudadanos. El desánimo no cundió en ningún momento entre los participantes, en absoluto, pero ya casi nadie se fía de nada.

A medida que se acercaba la celebración del acto final e iban arribando a las inmediaciones las diferentes delegaciones y marchas que confluyeron allí, la cosa fue tornando hacia un masivo encuentro de gente procedente de todos los rincones de la geografía española deambulando de un lado a otro, que se paraban en mitad de las avenidas a preguntarse de dónde venían, cuál era su puesto de trabajo, cómo había sido el viaje.

Todo el mundo parecía conocerse, todos se mostraban solidarios con el compañero de al lado y coreaban sus gritos o expresaban aprobación a cualquier cosa que éste hiciera a la hora de manifestar su malestar. Lo que recorrió ayer Madrid fue una oleada inmensa de solidaridad y compañerismo, donde los rostros cansados y las banderas de diferentes nacionalidades y colores de todo el abanico de ideologías se mezclaron en una algarabía que desbordó las principales arterias de Madrid.

Luego llegó el cansancio definitivo, la pesadumbre de afrontar un viaje de regreso aún más horrible si cabe y con todo el esfuerzo de tantas horas lastrando las espaldas y las mentes. Aun así, la gente volvió contenta, aunque recelosa de que este tipo de actos y el inconmensurable esfuerzo que conllevan sean los más idóneos para lo que se pretende conseguir. Incluso un minero de León con el que conversamos un rato se atrevió a esbozar alternativas al respecto.

Ahora queda la espera. La incertidumbre de ver pasar los días y certificar que el Gobierno ni se inmuta, como si ayer no hubiera pasado nada en Madrid diferente de otro sábado cualquiera. Y también el comenzar de nuevo y el convencerse otra vez de que no se puede permanecer impasible ante lo que está pasando, que hay que moverse y hacer algo antes de que sea demasiado tarde. Y así hasta la próxima protesta.

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