Un debate por empezar

Juanjo Cerero | A los 97 años de edad, uno de los nombres propios más importantes de la Guerra Civil española y también de la Transición, Santiago Carrillo, ha fallecido en Madrid. Fue un destacado líder del PCE, al que se afilió en 1934 para participar en el comité que organizó el intento fallido de insurrección frente al Gobierno republicano de la época. Más tarde, tras la muerte de Stalin, cuando Dolores Ibárruri pasó a dirigir el PCE, Carrillo se enfrentó a la cúpula de la formación abogando por una España “reunificada” y proponiendo métodos alternativos a la guerra militar -como la huelga general política- contra Franco, lo que le permitiría llegar a dirigir el PCE a partir de 1959. Regresó a España en 1976 tras la muerte de Franco, aunque vivió de forma clandestina casi hasta el 10 de abril de 1977, cuando el grupo comunista fue de nuevo legalizado en España tras una amnistía que había promovido el Gobierno de Suárez. De hecho, el propio Carrillo había sido detenido antes por Rodolfo Martín Villa, Ministro del Interior con Suárez; igual que al final de Casablanca, ése fue el comienzo de una bonita -y curiosa- amistad. Tras el fracaso de su intento de movimiento renovador dentro de las filas del PCE y sucesivos descalabros electorales durante los primeros años de la democracia, Carrillo fue relevado de su cargo (en 1982) y expulsado del Partido (en 1985).

Santiago Carrillo (foto: photoAtlas, CC:By)

Que los medios juegan un papel fundamental en cómo recordamos a las figuras públicas es una afirmación propia del Capitán Obvio. El español normal, con suerte, podrá citar de memoria tres datos relacionados con Carrillo: que fue de los que no se agachó el 23-F, que impulsó el Eurocomunismo, y Paracuellos. Y que fumaba mucho y muy bien. Pero sobre todo Paracuellos. Como no podía ser de otra manera, Twitter ha tardado menos de cinco minutos en empezar a hablar de Paracuellos, lo cual no deja de ser un síntoma de otra verdad obvia a la que casi nadie parece quererse enfrentar: España, por lo que parece, sigue sin estar preparada para un debate serio sobre la Guerra Civil Española. Del Eurocomunismo, un movimiento político tal vez demasiado descafeinado, tal vez demasiado anti-comunista para ser comunista, hace décadas que no se habla. Fracasó y lo enterramos. Pero no deberíamos dejar pasar la oportunidad de reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación en la incapacidad española para hablar de la Guerra Civil sin que el asunto parezca un derbi futbolístico. Puede que sea sólo mi percepción del asunto pero, si mal no recuerdo, el momento en que en España se volvió a hablar -mucho, demasiado y, por supuesto, mucho más en algunos medios que en otros- de Paracuellos del Jarama fue precisamente cuando el Gobierno de Zapatero impulsó la Ley de Memoria Histórica. Un apunte quizá poco significativo, pero importante: la Ley de Memoria Histórica era probablemente una buena idea y un intento encomiable, pero es posible que fuese demasiado “política” para un sector del poder español, compuesto en su mayor parte por elementos cercanos al franquismo -aunque también de muchos otros pertenecientes al resto de partidos políticos de la época- en el que, obviamente, la Transición seguía doliendo. Unos y otros -puede que más los otros que los unos-, como siempre, se equivocaron por poco flexibles y anquilosados, que es la misma razón por la que, a la luz de los acontecimientos históricos de los últimos años, la Transición ha fracasado a la hora de crear un modelo viable de nación. El propio Carrillo, siguiendo la tendencia de los principios eurocomunistas, fue uno de los principales valedores del movimiento que pretendió hacer creer a los ciudadanos que la Guerra Civil había sido un mal sueño, que aquí no había pasado nada. Éste fue el gran error, y es el motivo por el que el debate se cerró en falso y las cuestiones de fondo nunca se resolvieron.

La Guerra Civil no comenzó el 18 de julio de 1936, de la misma manera que ninguna guerra comienza en realidad el día que se declara. Por el bien de España, y porque, como estamos comprobando -con una mezcla de dolor y miedo- una y otra vez, la Historia se repite más que Verano Azul, hace falta más que nunca un verdadero debate nacional sobre lo que fue la Guerra Civil, sobre cómo fue y sobre por qué fue. Y a ese debate han de contribuir multitud de elementos que van mucho más allá de Paracuellos o el Valle de los Caídos. Los medios tienden una y otra vez a tratar capitales asuntos históricos como si fueran meros sucesos, anécdotas que simbólicamente pueden explicarlo todo; en realidad, más que explicar, los medios han hecho que los ciudadanos españoles se hayan pasado toda la vida “juzgando” la Guerra Civil sin saber prácticamente nada sobre ella. Es inconcebible que en un país democrático, en el que han pasado 37 años de paz, siga habiendo ciudadanos -¡especialmente jóvenes!- que sigan pensando en “bandos” a la hora de hablar de la realidad del país. Por otra parte, las prácticas de los grandes partidos españoles tampoco han contribuido mucho a cambiar esta percepción. Una de las principales razones, que por cierto es la misma que está permitiendo la “oposición responsable” de Rubalcaba, fue el temor a la salida a la luz de muchos nombres que habían participado de manera directa en la pervivencia de la dictadura franquista. De ahí a que nadie sea responsable en absoluto de la quiebra económica y fiscal de España hay sólo un pasito y unos cuantos años de por medio.

Carrillo ha muerto. En el fondo, la noticia es importante y a la vez no lo es tanto. En unos medios habrá grandes panegíricos para él, y otros se empeñarán en hablar de Paracuellos. Pero la labor que debe acometer el país en conjunto es la de enfrentarse de una vez a la Guerra Civil, con conocimiento de causa, que es la única manera de poder superarla (cosa que los cuarenta años de dictadura pueden hacer, sin duda, bastante complicada). Pero este gran debate, como todos los otros grandes debates que debería acometer España, pasan por una posición responsable, honesta y divulgadora de los medios de comunicación, más allá de partidismos, favores, rencillas y nostalgias históricas, y también por esa misma actitud por parte de los ciudadanos. Las consignas nunca salvaron ni solucionaron nada, y todo debate no fundamentado y bien articulado acaba por ser estéril. Nos ponemos orgullosos a menudo la medalla de ser demócratas: seamos consecuentes con ello. Estaría bien por una vez.

Salud, camarada Carrillo. Ojalá haya buenos puros allá donde sea que vayas.

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