El #25S entre las Cinco Llagas y Neptuno

Gregorio Verdugo | Cuando se habla de incitación a la violencia -delito recogido en el artículo 510 del Código Penal y sancionado con penas de uno a tres años y multas de seis a doce meses- habría que entrar a analizar cuántas y cuáles son las variopintas maneras que hay de cometerlo, alguna de ellas incluso perfectamente legales.

Con suma facilidad la provocación de las masas enaltecidas es una de ellas y no siempre desde agitadores afines a la causa que se defiende, sino más bien todo lo contrario, personal infiltrado adrede desde el poder para conseguir que la violencia estalle y así justificar acciones y decisiones posteriores.

Muchas de las imágenes que están circulando por la Red en relación con los sucesos acaecidos ayer en Madrid con motivo de la celebración del #25S Rodea el Congreso dan pie a pensar que fue eso lo que ocurrió. Son las autoridades quienes tienen la obligación de aclararlo para reconfortar a la ciudadanía y que no impere desde la impunidad la Ley del silencio.
Pero la cosa en verdad no comenzó ahí, sino mucho antes. A partir de que se tuvo conocimiento de la convocatoria, y sobre todo a medida que se iba acercando la celebración de la misma, desde los atriles del poder establecido y las atalayas de los titulares de los medios de comunicación se inició una campaña de acoso y derribo que no podía tener otra meta que la que se ha producido: un estallido de violencia provocado a conciencia para terminar de criminalizar lo que en principio fue concebido como una protesta pacífica para expresar el malestar de un nutrido grupo de ciudadanos ante sus legítimos representantes.
Primero fueron los más altos dignatarios políticos quienes, parapetados en sus torres de cristal parlamentarias, hicieron odiosas comparaciones con el golpe de Estado del 23F,  Cospedal o Cifuentes dixerunt, o como el ínclito Ignacio González, nuevo flamante presidente de la Comunidad de Madrid,  quien no ha dudado en calificarlo como un “intento de subversión del orden constitucional”, en lo que no es sino un clara provocación a quienes sólo pretendían expresar un estado de hondo malestar con lo que está sucediendo en este país.
Había que deslegitimizar la protesta a toda costa, aunque ello significase la utilización de los medios mas arteros. Desde la identificación de ciudadanos reunidos de forma pacífica en las asambleas preparatorias hasta la de quienes se desplazaban en autobús hasta Madrid desde otras ciudades para participar en la protesta. Cualquier excusa era buena para mantener viva la provocación y exaltar los ánimos para que se produjera la explosión final.
Después todo resulta de lo más sencillo. Infiltras a unas docenas de agentes de paisano en el corazón de la masa debidamente encapuchados y les das manga ancha para actuar. Lo demás viene sólo y de la mano. Y, aunque es probable, que hubiera grupos violentos dentro de los manifestantes, como suele ocurrir casi siempre en convocatorias tan multitudinarias, lo cierto es que no les hizo demasiada falta bucear a la hora de encontrar las excusas necesarias para desatar su actuación. Algunos se encargaron de ponérselas en bandeja y de forma muy interesada.
El resultado no ha podido ser más catastrófico; más de sesenta heridos –uno de ellos muy grave- de los cuales 27 son policías y 35 detenidos, a los que ahora se les imputarán, entre otros, delitos graves contra la nación. La propia implantación de un dispositivo policial tan desproporcionado como el desplegado ayer en Madrid era ya todo un indicio de lo que sucedería después. En Madrid ayer no hubo zonas de exclusión ciudadana.Y después vinieron los desmanes; el disparo de pelotas de goma en un lugar tan inapropiado y peligroso como la estación de Atocha, las cargas policiales indiscriminadas, la persecución y el acoso incluso a diputados del propio Congreso, y, cómo no, el siempre presente intento de matar al mensajero. Todo ello envuelto en las más que serias sospechas de que fueron policías secretas encapuchados quienes provocaron el inicio de los incidentes. Hasta tal punto que algunos políticos ya han pedido un investigación que será denegada con toda seguridad. Una batalla campal tan bestial como innecesaria.

Hoy, el día después, todos pretenden dar apariencia de normalidad a lo sucedido. Los del gobierno justificando lo injustificable, incluso quien tiene motivos más que sobrados para callar. La mayoría con la sangre helada porque no daban crédito a lo que estaban contemplando sus ojos a escasos metros de donde se encontraban recluidos.

Y otros, a más de quinientos kilómetros de allí, ponían tanto empeño en lamentar lo que estaba sucediendo en Madrid que eran incapaces de asomarse a la ventana y contemplar lo que estaba acaeciendo al otro lado de la verja del Parlamento autonómico donde estaban aislados, a salvo de la ciudadanía. Aunque para ello, para contarte lo que estaba ocurriendo en el #25S en Sevilla bajo el sopor del membrillo ya estaba allí sevilla report.
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